¿Quieres escuchar una historia? ¿Te cuento una? ¿Cómo la quieres? ¿De que género? ¿De aventura? ¿De guerra? ¿Trágica? ¿Romántica? ¿Y divertida? Esas es demasiado para una sola… ¡Espera! Ya lo tengo, te puedo contar la historia de Fedde Roseblade en las Fechas Rojas.
¿Qué que son las Fechas Rojas?
Creo que debería empezar por otro lado. ¿Conoces el mundo de Inclán? ¿No? Pues no te apures, eso es muy normal, en realidad poca gente lo conoce. Inclán es un planeta, muy parecido al nuestro, pero no igual. Sus habitantes son muy parecidos a nosotros, pero no iguales. Su superficie está dividida en cuatro grandes continentes uno en cada punto cardinal; comenzando por el norte está Dochama, el continente de nieve; al oeste Jaroba cubierto de grandes montañas; en el sur Nomunau árido e inhabitable; y por último Rinzoa y sus grandes lagos al este. Esta historia está ambientada allí, en Inclán, hace unos cien años aproximadamente.
Pero comienza en un sitio y tiempo muy determinados. ¿El lugar? Dolgas, un país en el continente de Dochama. ¿El día? Ayer mismo. Ahí comienza nuestra historia…
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Era un día nevado, como todos realmente en aquel continente. Pero hacía un par de horas que el agua helada de las nubes había dejado de caer. El mismo tiempo que llevaba ese chico ahí parado, sobre ese puente construido en hielo desde el cual se veía la gran ciudad blanca extenderse hasta donde podía vislumbrar. Todavía no se creía lo que le había ocurrido.
Fedde Roseblade era un chico bastante alto pero muy delgado, tanto que a veces parecía que el viento se lo podía llevar. De aspecto afeminado, casi andrógino, era ánimo de burla para muchos. Su pelo era blanco como la propia nieve de Dochama y se disimulaba con su piel casi espectral. Siempre tenía el extraño detalle que llevar en el pelo una rara orquilla redonda más propia de una niña pequeña que de un chico de casi veinte años. Mientras que sus ojos eran de un intenso color rojo sangre y estaban algo caídos lo cual le daba siempre una expresión triste y algo melancólica. Para nosotros su aspecto podría ser de lo más intrigante, pero no os preocupéis en Dochama todo el mundo sigue ese patrón.
-¡Soy el chico más desgraciado del mundo! -consiguió chillar agarrado a la barandilla del puente mientras que todo el que pasaba por ahí miraba la escena.
El chico estaba dolido por lo que le había pasado hacía un par de horas, tanto que ni se había dado cuanta que todavía tenia acumulada en la cabeza una montañita de nieve. Su novia había cortado con él, ella era una chica preciosa, de cabellos blancos y ojos rojos, como todos allí. Fedde estaba loquito por ella, pero la chica se enamoró de otra persona. ¡De otra chica! No se lo podía ni creer. Su novia le había dejado por una chica. La situación le parecía sacada de un cuadro surrealista de esos que estudiaba en su facultad de arte.
-¿Quieres dejar de quejarte? -preguntó con tono imperativo una joven algo mayor que él que se le acercaba con cara de enfado.
-Reya, tú no puedes entenderlo. -contestó él.
-Y tú no puedes estar todo el día lamentándote, ya encontrarás a alguna mejor que ella. ¡Para algo eres mi hermano menor!
-¿Y si no la encuentro?
-Pues tírate por el puente, y deja de llorar. ¡Máximo!
-¿Por qué me llamas así?
-No sé creo que ahora mismo te pega más que Fedde.
-Prefiero no saber por qué.
-Anda anímate un poco, vente conmigo de compras.
-Eso no me va a animar.
-Pero así te tengo alejado de los puentes. No me fío de ti ni un pelo. -finalizó mientras comenzaba a caminar. -¡Y haz el favor de quitarte la nieve de la cabeza!
Siguiendo a su hermana cabizbajo por las blancas e impolutas calles de hielo de la ciudad no se daba ni cuenta de por donde le conducía ella. Por ese mismo motivo cuando la joven se paró en seco su hermano se chocó contra ella casi provocando que ambos cayesen al suelo. Por supuesto la chica le hizo despertar de su ensimismamiento con un sonoro grito pero poco duró porque enseguida se fijó en la extraña tiendo que había frente a ellos.
A diferencia de la mayoría de los edificios ese no era de hielo, si no de ladrillo, algo muy raro allí. No era muy grande parecía estar encajada entre los dos grandes edificios que había a cada uno de sus costados. La puerta era de madera y cristal tintado, como si fuese parte de una vidriera de una iglesia. Se podían distinguir en ella cuatro figuras que podrían parecer mujeres. Y el la parte de encima cuatro extraños signos tallados a contra relieve. Decidieron entrar, ni si quiera sabían porqué, pero al hacerlo unas campanillas les dieron la bienvenida a la tienda más rara que habían visto nunca. Repleta de libros antiguos, objetos cubiertos por una gruesa capa de polvo, cristaleras con lo que parecían líquidos de desconocida naturaleza…
-Os esperaba… -susurró una voz desde una mecedora que chirriaba al moverse.
Ni un segundo después una mujer se levantó de su asiento fijando sus finos ojos rasgados en la pareja. Su pelo castaño y con miles de tirabuzones y color tostado de piel indicaban que era inmigrante, seguramente de Jaroba. Lucía un estrambótico vestido que cubría hasta los pies y una boina roja y dorada a juego. Daba la impresión de ser una bruja.
-Bienvenidos a La Tienda de Sur, mirad todo lo que queráis.
-Gra… gracias… -musitó la hermana mayor.
Fedde miraba con sus nerviosos ojos escarlata todo lo que en aquel sitio había. Ninguno de los títulos de los libros de las estanterías le sonaba. Desvió su mirada a un mostrador de cristal. En él había un tablero de ajedrez portátil con las piezas colocadas dándole jaque al rey blanco, un colgante con una P tallada en madera, un carrete de video bastante viejo en la que se podía leer “La edad oscura.”, un par de pendientes con piedras incrustadas, un parche negro muy parecido al de un pirata y un reloj de bolsillo. Un reloj que le hipnotizó nada más fijar su mirada en él. No era como todos, tenía algo mágico, no solo por que además de mostrar la hora indicase también el día, el mes e incluso el año.
-¿Te gusta? -dijo de improviso la mujer.
-¿Eh? -fue lo único que consiguió decir saliendo de la hipnosis.
-El reloj, ¿te gusta? Es toda una reliquia de la Tercera Guerra. Nadie lo ha llevado encima desde que su dueño murió en las Fechas Rojas.
-¿Quién era su dueño?
-Yo que sé, solo sé que te lo estoy intentando vender.
-No sé eso de que su anterior dueño muriese me da mala espina.
-Solo los tontos creen en las maldiciones y la mala suerte.
-Ya… pero…
-Este reloj es único, no encontrarás ninguno igual en el mundo. ¿No crees que tener algo así puede animar mínimamente a un corazoncito roto? -continuó ella con voz melosa mientras se agachaba a sacarlo del mostrador.
-Puede que tenga razón. -musitó el albino sin despegar la vista del objeto.
-Anímate Fedde. -aconsejó su hermana desde atrás.
-De acuerdo me lo quedo.
-Estupendo te haré un precio especial por ser tan guapo.
-Jeje, gracias. -habló algo colorado por el cumplido.
-Como ves no está en hora. -mostró la mujer de exagerados rizos.
-Ni en fecha. -puntualizó el joven mientras lo observaba detenidamente, ahora podía ver que detrás tenía inscrito con una caligrafía bastante buena “Este es nuestro momento en el tiempo” .
-En efecto, ni en fecha, por lo que te voy a pedir que nunca atrases este reloj por detrás del día de hoy.
-¿Por?
-Tú no lo hagas, este reloj es muy viejo, podría estropearse.
-Va… vale… -finalizó en tono bastante extrañado.
Después de la compra del chico la tarde pasó de tienda en tienda sin ningún punto destacable en la historia. Finalmente llegaron a la casa de la familia Roseblade, y con la inercia de la monotonía diaria Fedde se encerró en su cuarto a acabar un trabajo para su clase de arte. Pasó un rato indefinido delante del lienzo, deslizando su pincel con delicadeza pero decididamente, casi había olvidado lo que le había ocurrido hacía unas horas, casi. De pronto y sin ningún tipo de aviso entró Reya en el cuarto.
-Fedde, anda ve a hacer un recado por mi…
-¿No sabes llamar a la puerta? Además no voy a hacer tus trabajos.
-¡Venga, tío!
-¡Reya! -se escuchó exclamar a la madre desde otra habitación de la casa. -¡No tengas morro y sal tú!
-Por una vez que pido algo… -y musitando algo que el albino no escuchó pero debía de ser alguna palabra mal sonante dejó de nuevo la habitación.
-¡Eso me recuerda que no he puesto en hora el reloj! -dijo para si mismo.
Buscó en el bolsillo de su chaqueta el reloj y se sentó en el escritorio como si aquella acción requiriese un gran esfuerzo por su parte. Movió con cuidado las ruedas que hacían girar las agujas, le llevó un buen rato puesto que la hora que marcaba el reloj difería no solo en días si no que también en años. Por suerte tenía una ruedita exclusiva para los años y otra para los días. Sería verdad eso que dijo la mujer de que nadie lo había usado desde la tercera gran guerra… Pero ¿la batería había durado tanto? Aparte de eso, Fedde tenía una manía, no tenía ningún fin, era solo una manía, solía atrasar los relojes cinco o diez minutos de lo normal. En ese momento no le pareció ningún problema.
Fedde intentó continuar con su trabajo afanosamente pero una vez que se le distraía era imposible que volviese a concentrarse. Pasaron unos cinco minutos sin que hiciese nada más que mirar el lienzo a medio terminar, le daba la impresión de que no había avanzado nada en su trabajo, como si no hubiese pintado nada nuevo. Pero algo más le distrajo, un suceso algo raro.
-Fedde, anda ve a hacer un recado por mi… -repitió Reya de nuevo entrando en su cuarto.
-¿Otra vez?
-¡Venga, tío! ¡Si casi nunca te pido nada!
-Pero si me lo has dicho hace cinco minutos…
-¡No! ¡Encima que hoy te he animado!
-¡Reya! -se escuchó otra vez exclamar a la madre desde la misma habitación de la casa. -¡No tengas morro y sal tú!
Y de nuevo lo mismo… ¿Qué había pasado? ¿Le estaban tomando el pelo o algo así? Por un momento su fructífera imaginación de futuro artista pensó que… ¿y si no era una broma? Miró el reloj que había dejado sobre su escritorio… Era lo único raro que había en el cuarto… Lo tomó, no sin algún miedo, y lo retrasó… no mucho solo un minuto. Pero en cuanto bajó la ruedita del cambio de hora volvió a sobre saltarse.
-Fedde, anda ve a hacer un recado por mi… -volvió a pedir por tercera vez su hermana mayor.
-¿Qué está pasando aquí? -preguntó para si mismo muy sorprendido.
-¿De que hablas? ¡Venga, tío!
-¡Reya! ¡No tengas morro y sal tú! -y ella de mala gana dejó la habitación.
¡¿Qué?! ¡¿Había viajado un minuto al pasado?! ¡No era posible! Si era así… ¡Era perfecto! La mejor noticia que le habían dado en todo el día. Haría una prueba algo más fehaciente, no lo retrasaría tan solo unos minutos, no, lo haría una semana. Esto no solo era por hacer la prueba si no porque estaba seguro de que si hablaba con su novia antes de que conociera a “la otra chica” no le dejaría.
Volvió a mover la rueda con decisión, ya podía sonreír y cantar victoria. Apretó y…
¿Dónde estaba?
Esa no era su habitación.
No era su casa.
Ni su ciudad.
Ni si quiera su continente, Dochama.
Estaba en un bosque, o eso le parecía ya que la visión la tenía bastante nublada. No hacía frío, tampoco calor. Estaba confundido, algo asustado, muy nerviosos, y completa mente solo. ¿Qué había pasado? Buscó por todos lados el reloj, solo tenía que adelantarlo. ¡No estaba! ¡El reloj no estaba por ningún lado! Ni en sus bolsillos, ni en el suelo… ¡¿Qué iba a hacer entonces?! No sabía volver a su casa desde… ¡Donde quisiese que estuviera! Lo único que sabía era que estaba solo… solo y perdido.
-¡¿Hay alguien aquí?! -chilló muy nervioso deseando que alguien le escuchase.
No hubo respuesta. Estaba solo.
-¡Por favor! ¡¿Alguien puede oírme?!
Estaba solo.
-¡Alguien! ¡Quien sea!
Estaba solo e iba a desistir cuando escuchó la voz de un hombre entre los arbustos. Un sonido esperanzador para el joven dochés.
-¡Señor! He oído a alguien. -escucho hablar.
-¡Sí! ¡Aquí! -exclamó Fedde moviendo los brazos a modo de seña. De pronto vio salir a un montón de hombres vestidos de un uniforme militar azul con adornos rojos y dorados.
-¡Es un inmigrante! -sentenció el hombre que había hablado antes.
-¿Tiene la licencia? -preguntó una mujer bastante atractiva de un pelo naranja bastante vistoso la cual parecía la cabeza del grupo.
-¡¿Tienes la licencia?! -le habló al aterrorizado Fedde de modo agresivo.
-¿Qué licencia? -musitó el albino.
-Si no sabe de que licencia hablamos es que no consta de ella. -puntualizó la mujer.
-¿Qué es lo que está pasando aquí?
-¿Qué hacemos con él? ¿Le llevamos al cuartel? -cuestionó otro de los militares esperando la contestación de la fémina.
-¿Para qué? Allí solo le torturarán hasta que confiese que es un espía, para luego solo matarlo.
-¡¿Matarme?! ¡Yo… yo no soy un espía! -explicó el horrorizado joven casi temblando.
-Eso es lo que dicen todos los espías.
-¡No! ¡De veras, se lo juro! ¡No sé como he llegado aquí!
-¿Qué hacemos entonces?
-Acabad con él aquí mismo. Está asustado como un conejo. No debe de ser muy buen espía, seguro que no lleva información útil. ¿Para qué las molestias de llevarlo tan lejos?
-¡Esperad! ¡Digo la verdad, lo juro!
-Lo que usted ordene, señor. -contestó el soldado que le encontró sacando de su funda yn largo y afilado sable para empuñarlo contra el chico.
¡Iba a morir! ¡Y ni siquiera sabía donde! ¡No quería morir, pero lo iba a hacer! Aquello tenía que ser una pesadilla. Eso, una horrorosa pesadilla. Cerró fuertemente los ojos como si al abrirlos se fuese a despertar, (o por lo menos no ver el sable caer contra él)
Un ruido, un fuerte golpe contra algo de metal fue lo único que es escuchó. Y luego un multitud de voces nerviosas y furiosas. ¿Estaba vivo? Abrí los ojos atónito por seguir respirando, aunque fuera de un modo muy nervioso. Solo vio delante suya dos cuerpos con los brazos extendidos en forma de cruz. Uno muy alto el cual no se podía ver ya que portaba una gran armadura metálica sacada de una película medieval. Sobre este había impactado la espada. Y el otro notablemente más pequeño, de una mujer de largos cabellos color café. No sabía quienes eran ese dúo, pero le habían salvado… o eso quería creer.
CONTINUARÁ...
¡Me ha gustado muuuuuuucho!
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Besos